El declive de la especialización (o el listón que no deja de subir)
Puede que hayas oído que Jannik Sinner logró algo en 2025 que nadie había conseguido antes. Por primera vez desde que existen estadísticas modernas, en 1991, lideró el circuito tanto en porcentaje de juegos ganados al saque como al resto. Hay un matiz a tener en cuenta: Sinner se perdió gran parte de la gira de tierra batida, lo que probablemente infló sus números al saque en comparación con el resto del circuito. Aun así, el logro es extraordinario.
Muy pocos jugadores han estado siquiera cerca de algo así. Novak Djokovic fue primero en porcentaje de juegos ganados al saque y tercero en porcentaje de breaks en 2023, y Andre Agassi invirtió esos puestos en 1999. En 1995, Agassi fue tercero en ambas categorías. Solo unos pocos más (básicamente, los integrantes del Big Three) han logrado meterse simultáneamente en el top 5 en las dos estadísticas.
Este marco de análisis se lo debemos a Alex Gruskin, alma mater de Cracked Racquets. Le gusta hablar de «clubes» de jugadores que figuran entre los 10 primeros, los 25 primeros o el umbral que sea, tanto en porcentaje de juegos ganados al saque como al resto. Es una forma muy eficaz de identificar de un vistazo a los jugadores más completos del circuito. Estar en el «top 25» puede no sonar especialmente impresionante, pero en el último año solo nueve hombres lo consiguieron. Lograrlo es una garantía de acabar la temporada en el top ten. Los únicos que entraron en ese club sin terminar entre los diez primeros fueron Casper Ruud (12º del ranking final) y Grigor Dimitrov (lesionado desde Wimbledon).
Sinner, por tanto, juega en otra liga, y la mayoría de los jugadores ya pueden darse por satisfechos con rozar el top ten en una sola de estas categorías, por no hablar de hacerlo en ambas. Aun así, el número de superestrellas realmente completas va en aumento.
Este año, tres jugadores (Sinner, Djokovic y Carlos Alcaraz) entraron en el club del top ten. Jack Draper se quedó a las puertas, al terminar undécimo en porcentaje de breaks. Si excluimos la temporada de 2020, marcada por la pandemia, esta es solo la quinta vez desde 1991 que tres hombres lo consiguen en un mismo año. Y casi todas esas temporadas se han dado desde 2019. Lo más habitual, históricamente, es que solo haya uno. En tres ocasiones durante la década de los noventa, no hubo ninguno.
La historia es parecida independientemente del umbral que tomemos. En 2023 hubo nueve jugadores que entraron en el club del top 20, la cifra más alta de la historia. Durante los primeros quince años en los que se recopilaron estadísticas ATP, una temporada media arrojaba menos jugadores en el top 25 que ese número.
La tendencia se ve aún más clara si la reducimos a una sola cifra. Para cada temporada desde 1991, tomé a los 50 primeros del ranking de final de año y calculé su posición tanto en la clasificación de porcentaje de juegos ganados al saque como en la de porcentaje de breaks. Este gráfico muestra la correlación entre ambas clasificaciones en cada temporada:

Correlación anual entre el ranking al saque y el ranking al resto entre los 50 mejores jugadores (1991-2025)
Una correlación de cero indicaría que no existe relación entre la posición de un jugador en porcentaje de juegos ganados al saque y su posición en porcentaje de breaks; un valor negativo significa que, cuando alguien destaca en una categoría, es más probable que flojee en la otra. Por supuesto, se trata de una cuestión de grado. Con el paso del tiempo, la relación inversa entre la calidad al saque y al resto se ha ido debilitando. Alcanzamos el punto máximo de equilibrio alrededor de 2010 y, a día de hoy, parece que hemos vuelto a una situación similar.
¿Por qué?
Aquí es donde la cosa se pone interesante (y, lo admito, también bastante especulativa).
En el deporte (y en la economía en general) la especialización suele aumentar con el tiempo. Hoy en día casi no vemos deportistas que compitan en varios deportes. En la NFL, antes los jugadores actuaban tanto en ataque como en defensa; ahora cada lado del balón está en manos de especialistas. En el béisbol, antaño los equipos podían completar una temporada entera con unos pocos lanzadores; hoy en día hacen falta casi tantos brazos para terminar un solo partido. Se recurre a perfiles muy específicos para enfrentarse a bateadores diestros, zurdos o para lanzar las entradas finales.
En el tenis también ha ocurrido algo parecido, al menos hasta cierto punto. Probablemente nunca ha habido un sacador mejor que John Isner. Ni un mejor restador que Novak Djokovic. Dejando a un lado habilidades que hoy han quedado en segundo plano (todo lo relacionado con el juego en la red), lo mejor de cada destreza específica está presente ahora mismo, o lo ha estado recientemente. No es que jugadores como Richard González, Ken Rosewall o Ivan Lendl no pudieran haberlo hecho igual o mejor; simplemente no tuvieron la oportunidad. El deporte moderno fomenta la especialización desde edades muy tempranas, y todo el ecosistema (entrenamiento, entrenadores, material) ofrece hoy recursos que las grandes figuras del pasado ni siquiera podían imaginar.
¡Pero ojo! Isner «solo» llegó a ser número 8 del mundo. Diego Schwartzman, que en su mejor momento rivalizó con Djokovic como el restador más brillante del circuito, también tuvo su techo en el número 8. Todos sabemos por qué: ninguno de los dos era especialmente bueno en la otra mitad del juego, al menos según los estándares del tenis profesional. En la NFL, la mitad del trabajo de un jugador se la pasa a otro que lo hace mejor. En los Juegos Olímpicos, las pruebas de 400 y 800 metros pueden correrlas atletas distintos. En el tenis, en cambio, Isner tiene que restar… y el Peque tiene que sacar.
El desarrollo de los jugadores se convierte, entonces, en una especie de problema de optimización. ¿Buscas los perfiles físicos más extremos posibles y luego los entrenas hasta que alcancen un nivel aceptable en las facetas que no les salen de forma natural? ¿O apuestas por talentos más completos, aunque nunca vayan a sacar a 225 km/h?
La respuesta no es evidente. Pero la tendencia parece inclinarse hacia lo segundo. Y creo que puedo explicar por qué.
En resumen, hemos llegado al techo del saque. Podrías encontrar jugadores con el potencial para desarrollar armas aún más potentes que las de Sinner, Draper, Ben Shelton, Alexander Bublik y compañía. Pero el caso es que ya mantienen el saque en torno al 85% de las veces. Incluso Ruud o Alex de Minaur, con recursos mucho más limitados para dominar desde el primer golpe, consiguen sostener el servicio casi con la misma frecuencia. A riesgo de abusar de un juego de palabras, hemos entrado en la zona de rendimientos marginales decrecientes. Un sacador quizá arañe uno o dos puntos porcentuales más… pero ¿a qué precio? Muchos jugadores firmarían tener el saque de Shelton, pero ¿aceptarían también su rendimiento al resto?
La especialización está en retroceso porque el suelo no deja de subir. Hace unas cuantas generaciones, un talento unidimensional (un genio con un saque descomunal o un mago del revés) podía dispararse hasta el top 20 porque no había suficientes rivales capaces de neutralizarlo. Hoy, en cambio, Reilly Opelka puede meter 30 aces… o puede perder el saque tres veces contra el número 92 del mundo. Seguramente haya jugadores capaces de sacar aún más fuerte que Opelka o Bublik, o incluso de restar mejor que De Minaur. Pero si no alcanzan un nivel mínimo (cada vez más exigente) en la otra mitad del juego, se quedan varados en el circuito ITF, como mucho.
Esto también tiene paralelismos claros en otros deportes. En realidad, en cualquiera en el que los entrenadores estén obligados a utilizar a los mismos deportistas tanto en ataque como en defensa. En la NBA, la versatilidad se valora más que nunca. En el béisbol, cada vez es menos habitual mantener en plantilla a un bateador potente que sea un lastre en el campo. Hay demasiadas alternativas: ¿para qué usar a un jugador limitado cuando otro que batea casi igual puede ofrecerte una defensa muy superior?
Piénsalo un momento: en el top 50 de la ATP, ¿hay realmente malos sacadores? Algunos sudamericanos, quizá, y Corentin Moutet. Learner Tien todavía está en fase de desarrollo, y poco más. ¿Malos restadores? Sí, alguno hay, pero ¿tan flojos como lo era Isner? ¿O, peor aún, como Ivo Karlovic? Cuando Opelka empezó a abrirse camino, todo el mundo destacaba que su revés estaba a años luz del de Isner. El juego de Shelton está lejos de ser completo, pero tiene muchas herramientas desde el fondo. Nadie diría que es un jugador perdido en los intercambios. Todo ese talento natural y ese trabajo se tradujeron este año en un discreto 47º entre los 50 mejores en porcentaje de breaks.
Parte de esto se explica por el material. Las raquetas y las cuerdas modernas permiten devolver más primeros saques, y hacerlo con control. Esos passing shots milimétricos que hoy todo el mundo ejecuta con naturalidad, hace un par de generaciones eran poco más que golpes a la desesperada, de bajo porcentaje. Los avances técnicos benefician a todos, pero probablemente hacen más por reducir la distancia entre los mejores y los casi mejores que por ampliarla.
Más allá de eso, estamos viendo el resultado natural de un deporte individual con una base de talento cada vez más amplia. La hiperespecialización ya no te lleva a la cima, así que ser completo es la única vía. Con millones de niños creciendo, viendo jugar a Carlos Alcaraz, el listón seguirá subiendo, tanto al saque como al resto.
Publicado originalmente en Heavy Topspin por Jeff Sackmann: [Leer el artículo original en inglés]