Tennis 128: n.º 38, Andre Agassi
Andre Agassi [EE. UU.]
Nacimiento: 29 de abril de 1970
Carrera: 1987-2006
Juego: Diestro (revés a dos manos)
Mejor ranking: número 1 (1995)
Mejor Elo: 2.282 (1.º, 1995)
Títulos individuales de Grand Slam: 8
Títulos individuales totales: 60
Dos imágenes de Andre Agassi perdurarán mientras haya gente a la que le importe el tenis.
Una es la del enfant terrible de finales de los ochenta: pantalones vaqueros cortos, pelo de punta, un pegador desatado que anunciaba cámaras Canon y proclamaba que la imagen lo era todo.
La otra es la del treintañero de rostro franco y cabeza rapada que, para cuando se retiró en 2006, se había convertido en el jugador más querido de Estados Unidos. Es el retrato que aparece en la portada de sus memorias y la imagen que nadie que viera el US Open de 2005 o 2006 olvidará fácilmente.
Las dos versiones apenas se parecen. Es imposible repasar la carrera de Agassi sin asombrase ante su capacidad constante de reinvención. En dos décadas pasó de ídolo adolescente a promesa quemada, de salvador del tenis estadounidense a talento desaprovechado, de odiar el tenis a protagonizar una remontada improbable, de bromista a referente veterano.
Su juego no fue tan esquizofrénico, pero también cambió mucho. Llegó al circuito con una derecha capaz de partir un tablón en dos, y tenía que ser así de buena para tapar su revés. Con el tiempo, ese revés milimétrico se convirtió en su golpe distintivo. Los palos sin demasiada cabeza de sus primeros años dieron paso a la inteligencia táctica de la escuela Brad Gilbert. Cambió la comida rápida y una forma bastante relajada de entrenar por las enseñanzas del preparador físico Gil Reyes. Acabó siendo el hombre más en forma del circuito cuando la mayoría de sus contemporáneos ya se habían retirado.
¿Cómo pasó aquel chico de Las Vegas, de talento descomunal, de modelo capilar a modelo a seguir? Aunque suele señalarse un partido (la final de Roland Garros de 1999) como el gran punto de inflexión, la historia del estadounidense fue más un montaña rusa que un simple giro de volante en París. Tanto como sus ocho títulos de Grand Slam, es ese camino lleno de curvas lo que hace tan singular la historia de Andre Agassi.
El tenis siempre ha tenido una relación complicada con sus chicos malos. A los jugadores se les ha exigido tradicionalmente una conducta tan contenida como su indumentaria blanca. Pero a medida que el circuito profesional se globalizó y empezó a producir cada vez más millonarios, se hizo evidente que la rebeldía vendía tantas entradas como periódicos. Algunos analistas estuvieron dispuestos a coronar al bromista malhablado Ilie Nastase como salvador del deporte casi desde el inicio mismo de la Era Open. Cada vez que Nastase, Jimmy Connors o John McEnroe empujaban un poco los límites del decoro, las audiencias televisivas del tenis subían un poco más.
A mediados de los ochenta, Jimbo y J-Mac empezaban a apagarse. Arthur Ashe predijo en 1985 que «el tenis profesional masculino estadounidense iba a venirse abajo por la parte alta» en cuestión de dos o tres años.
La cuestión es que tanto aficionados como periodistas estaban predispuestos a ser comprensivos cuando Agassi y su pelo («como el de Cyndi Lauper después de una pelea con fettucine», en la memorable frase de Curry Kirkpatrick) irrumpieron en el circuito. Más allá del impacto inicial, el chico no parecía tan terrible. Algunos observadores lo veían casi como un regreso a otra época: un competidor relajado y juguetón, capaz de aplaudir los mejores golpes de su rival.

Perdón. Crédito: John Russell/Getty Images
El talento de Agassi era indiscutible. En Stratton Mountain, en 1987, con 17 años, sorprendió al top ten Pat Cash y le arrebató un set al entonces número uno, Ivan Lendl. Un año después ganó el torneo, uno de los seis títulos que conquistó en su primera temporada completa en el circuito. Jimmy Arias, famoso también por tener un cañón como derecha, dijo: «Andre golpea la bola más fuerte que nadie, de lejos.»
Su capacidad para golpear la bola nada más subir era aún más asombrosa. Un compañero de circuito llegó a decir que su coordinación ojo-mano era «repugnante».
Una de las primeras objeciones al joven llamativo fue también una de las más antiguas del tenis. Agassi era un pegador brutal desde el fondo que apenas hacía el gesto de cultivar un juego completo. Ion Tiriac, entonces entrenador de Boris Becker, dijo del estadounidense: «Si un jugador golpea tan fuerte como puede todo el tiempo, los partidos se convertirán en tiroteos y desaparecerá la belleza del juego. El suyo es un juego limitado, que no tiene nada que ver con la finura.»
«Agassi podría revolucionar el tenis», dijo Tiriac. «Pero espero que no lo haga.»
Con las victorias llegó algo más que la dosis habitual de exceso de confianza adolescente. En un partido de Copa Davis de 1988 contra Martín Jaite en Buenos Aires, Agassi se vio con 0-40 en un juego al saque de Jaite. A modo de payasada, atrapó al vuelo el siguiente saque de Jaite. Él pensó que era una broma inofensiva; Jaite, sus compañeros y (sobre todo) el público argentino no estuvieron de acuerdo.
Andre pidió disculpas y, en aquellos tiempos anteriores al entrenamiento mediático omnipresente, puede que incluso lo dijera de verdad. Pero las infracciones empezaron a acumularse. En las finales del WCT de Dallas, en marzo del año siguiente, se retiró de un partido contra McEnroe pese a no mostrar señales de lesión. Su entorno lo mantuvo alejado de Wimbledon, alegando que era solo otro torneo más. Y cuando aplaudía los golpes ganadores de sus rivales, los jugadores al otro lado de la red empezaron a verlo cada vez más como una burla.
Peor aún: sus resultados empezaron a resentirse. Era más difícil perdonarle las salidas de tono cuando sus contemporáneos empezaban a adelantarle. En 1989, perdió en tercera ronda de Roland Garros ante Jim Courier, en un duelo entre productos de la academia de Nick Bollettieri. Michael Chang (un año menor que Agassi) acabó ganando el torneo. En una eliminatoria de Copa Davis contra Alemania Occidental, perdió sus dos partidos individuales. Uno fue un emocionante duelo a cinco sets contra Becker; el otro, una caída estrepitosa ante Carl-Uwe Steeb.
Agassi ante Becker, meses después, en 1989
Curiosamente, la reinvención de Andre Agassi ya había empezado. El adolescente se refugió en la religión: viajaba con una Biblia y empezó a controlar aquella boca que, hasta entonces, no tenía precisamente fama de cristiana. Jim Loehr, psicólogo deportivo de la USTA, consideró que ese cambio repentino de conducta no tenía precedentes.
Aun así, el pegador renacido no se ganó al vestuario. Cuando abandonó a mitad de un partido ya intrascendente de Copa Davis contra Australia, Darren Cahill dijo: «Andre es un gran jugador, pero lo que sale de su boca tiene muy poca importancia. Yo no lo querría en nuestro equipo.»
Ivan Lendl también seguía siendo escéptico. «Me entristece que alguien pueda admirar a Agassi», dijo el hombre que había derrotado al joven estadounidense en sus seis primeros enfrentamientos. «Los chicos lo ven como un rebelde por su pendiente, su pelo y ese aspecto de no haberse afeitado.»
Agassi cumplió 22 años sin ningún Grand Slam en su palmarés. Chang, Courier y Sampras llegaron antes que él, a veces a costa del propio Andre. Alcanzó tres finales de Grand Slam entre Roland Garros 1990 y Roland Garros 1991, pero su reputación de anteponer la imagen al contenido hacía fácil pensar que era un tipo poco fiable, quizá incapaz de superar el último obstáculo.
Aun así, quien buscaba una transformación siempre podía encontrarla. Sports Illustrated le dedicó un perfil en mayo de 1992, y Sally Jenkins observó que su «actitud, antes la de un niño ruidoso y terrible, se había suavizado hasta convertirse en una incertidumbre algo vaporosa». Y añadía: «Ha madurado hasta convertirse en un tipo bastante caballeroso y reflexivo, de los que abren la puerta con educación y se adelantan a pagar la cuenta, alguien que ha tomado conciencia de al menos algunos de los excesos de su vida.»
Agassi reconocía que sus incentivos estaban completamente desordenados. «La mayoría de la gente tiene que trabajar muchísimo y ganar grandes partidos, y luego llegan el dinero y la popularidad. En mi caso ha sido al revés que para todos los demás.» Era el tenista que más cobraba por patrocinios, recibía 300.000 dólares por jugar torneos de exhibición (cuando esa cantidad aún era una barbaridad) y solo con su marca de raquetas ganó 20 millones de dólares.
El anuncio de Canon que marcó la primera etapa de Agassi
Su ranking cayó fuera del top ten a comienzos de 1992, y él hizo poco por evitarlo. La semifinal en Roland Garros fue una señal alentadora, pero Courier volvió a cerrarle el paso.
Agassi ya no era el salvador del tenis estadounidense, y algunos analistas estaban dispuestos a descartarlo por completo. Edwin Pope, del Miami Herald, escribió: «Si Agassi gana Wimbledon alguna vez, me como la camiseta. No solo no tiene ninguna posibilidad de ganar; si no se centra pronto, podría estar fuera del tenis en dos o tres años.»
¿Qué vino marida bien con una camiseta? Agassi solo había jugado Wimbledon dos veces antes, y el año anterior había perdido en cuartos ante David Wheaton. En 1992 tuvo la fortuna de encontrarse con un cuadro manejable. En cuartos le tocó Becker, un rival duro, pero también alguien a quien respetaba y que sacaba lo mejor de él. Agassi ganó en cinco sets. En semifinales puso fin a la sorprendente aventura de John McEnroe, que tenía ya 33 años, y después conquistó el título en una final a cinco sets contra Goran Ivanisevic.
McEnroe se deshizo en elogios hacia sus passing shots, e Ivanisevic le dedicó unas palabras amables en la red. El flamante campeón de Wimbledon (y su pelo) seguían siendo habituales en los anuncios de televisión, pero su transformación en un jugador, y en una persona, con más sustancia parecía completa.
O quizá no. Agassi por fin logró imponerse a Lendl en Toronto, pero solo sumó una victoria más ante un top ten en lo que quedaba de la temporada 1992. Courier volvió a derrotarlo en el US Open.
1993 fue la vuelta a la historia de siempre. Una bronquitis le impidió jugar el Open de Australia y una tendinitis en la muñeca le obligó a saltarse Roland Garros. Antes de Wimbledon volvió a salir del top ten y, aunque alcanzó los cuartos de final («si alguien puede hacerlo sin entrenar, soy yo»), no estuvo cerca de defender el título.
La situación llegó a ser tan mala que su entrenador, Bolletieri, lo despidió.
Al tocar fondo, ¿qué puede hacer uno sino reinventarse? Agassi volvió al circuito en 1994 con una dieta sana, un físico más afinado y una actitud renovada. Courier preguntó: «¿Qué actitud es esta? ¿La nueva actitud, o la nueva nueva actitud?»
Fuera lo que fuera, era nuevo. Más o menos. Situado fuera del top 30, un Agassi recién puesto a punto alcanzó la final en Miami, donde sorprendió a Stefan Edberg antes de perder ante Sampras. Después fue dando bandazos durante una temporada mediocre, hasta que todo encajó en el US Open. En Nueva York ganó un partido a cinco sets contra Chang, arrolló a Thomas Muster y derrotó a Michael Stich en la final.

Agassi y McEnroe, durante el US Open de 1994
Brad Gilbert, el nuevo entrenador de Agassi y cerebro de su renovada solidez táctica, estaba tan convencido que predijo que Andre también ganaría el Open de Australia.
Lo hizo: consiguió su única victoria ante Sampras en una final de Grand Slam. Unos meses después, tras volver a derrotar a Pete en la final de Miami de 1995, alcanzó el número uno del ranking. La cima fue suya casi hasta final de año, mientras encadenaba 26 victorias consecutivas en pistas duras norteamericanas. La racha solo terminó cuando Sampras lo derrotó en la final del US Open.
En aquel momento, la final de Nueva York pareció apenas un tropiezo dentro de la mejor temporada de la carrera de un jugador al que ya se veía como un «campeón serio». Ya había perdido antes contra Pete. Andre tenía más talento natural, pero sacaba la mejor versión de su rival, más estable.
En lugar de ser un simple bache, aquella derrota en el US Open inició una espiral descendente. En 1996, Agassi llevó su antigua irregularidad a otro nivel. Defendió el título en Miami, pero luego cayó en segunda ronda de Roland Garros y en primera en Wimbledon. Ganó el oro en los Juegos Olímpicos de Atlanta, lo respaldó con un título en Cincinnati y después fue descalificado en Indianápolis por insultar al juez de silla. Cerró el año con cuatro derrotas seguidas y apenas logró mantenerse dentro del top ten.
1997 fue aún peor. Su ranking cayó fuera del top 100. En las pistas duras norteamericanas que siempre había dominado, empezó a perder contra jugadores como Scott Draper, Justin Gimelstob o Javier Sánchez. Comenzó a consumir metanfetamina y dio positivo en un control antidopaje.

Agassi en 1997, ya sin pelo y lejos de su mejor forma
Todas las transformaciones y reinvenciones que habían sostenido a Agassi durante su primera década en el circuito, al parecer, no habían terminado de cuajar. Seguía ganando 14 millones de dólares al año en patrocinios, demostrando que la imagen (incluso una imagen deteriorada) seguía siendo, de verdad, todo.
Agassi cumplió 28 años en 1998. Más tarde especularía con que todos aquellos altibajos, todos esos años en los que el tenis no había sido su máxima prioridad, le habían dejado más gasolina en el depósito que al jugador típico de su edad. Cuando por fin decidió volver a entregarse de lleno al tenis, abrazó por completo el plan de su preparador físico de toda la vida, Gil Reyes. Puede que hubiera hecho a medias los diez primeros años de su carrera, pero esta vez aquel antiguo adicto al McDonald’s regresaría en forma, rápido y más centrado que nunca.
Nada de eso habría servido de nada si no ganaba. Y estuvo muy cerca de no hacerlo. En Roland Garros 1999 llegó a la final pese a ceder al menos un set en cuatro de los seis partidos anteriores. En segunda ronda estuvo a dos puntos de perder contra Arnaud Clément. Tampoco era tan sorprendente: una lesión de hombro le había obligado a retirarse en Düsseldorf la semana anterior y casi le dejó también fuera de Roland Garros.
En la final, solo pudo mirar cómo Andrei Medvedev, número 100 del mundo, jugaba al límite durante dos sets para ponerse 6-1 y 6-2 arriba. Agassi acabó encontrándole la lectura al saque del ucraniano y ajustó un revés que hasta entonces se le había ido demasiado. Después de perder absolutamente todos los puntos con primer saque de Medvedev en el segundo set, ganó más del 40% de los puntos al resto durante el resto del partido.
La final de Roland Garros de 1999
«Para mí, no ganar hoy habría sido devastador», dijo después del partido. Quizá no se habría venido abajo como tras el US Open de 1995, pero es fácil imaginar un escenario en el que Medvedev aguanta y la celebrada segunda carrera de Agassi nunca llega a arrancar.
En lugar de eso, el estadounidense se convirtió en un héroe. El título en Roland Garros le dio el Grand Slam de carrera. Fue apenas el quinto hombre de la historia en logarlo y solo el segundo (después de Jimmy Connors) en ganar un grande en tres superficies.
La segunda década de Agassi en el tenis sería incluso mejor que la primera. Roland Garros 1999 fue su cuarto título de Grand Slam. Ganaría cuatro más antes de 2003. En el Open de Australia del 2000 logró una victoria especialmente satisfactoria ante Sampras en semifinales. Un deslumbrante tiebreak en el cuarto set cambió la dinámica frente a su eterno rival, y la final contra Yevgeny Kafelnikov resultó sencilla en comparación.
El nuevo Agassi (el nuevo, el nuevo nuevo) resultaría inmediatamente reconocible para cualquier aficionado acostumbrado a las superestrellas veteranas de hoy. A sus dones naturales de siempre les añadió una combinación de físico y oficio. Ya casi nunca daba un paso en falso (ni metía la pata al hablar) y ejercía como embajador del tenis. Tenía la imagen y el rendimiento de un integrante tardío del Big Four antes de que existiera el Big Four.

Agassi y Federer en 2001
Cuando por fin cedió ante la edad y una nueva generación, lo hizo con la elegancia que había acabado definiéndolo. La final del US Open de 2005 enfrentó a Agassi, ya con 35 años, contra el nuevo rey, Roger Federer. Andre asustó al joven suizo y encendió al público de Nueva York, pero al final no hubo sorpresa. Federer ganó en cuatro sets.
Después del partido, Jaden, el hijo de Agassi, que tenía tres años, le preguntó contra quién había jugado.
Su padre respondió: «Un tipo con el pelo largo.»
Publicado originalmente en Heavy Topspin por Jeff Sackmann: [Leer el artículo en inglés]